En enero de 2008 los consumidores en México, o sea todos, eran muy optimistas sobre las economías de su hogar y del país. No había ni una sombra de preocupación. Si la confianza que tenía en enero de 2003 valía 100 puntos, en el mismo año de 2008 calificaba con 104.3 puntos su certeza de que la economía de su casa estaba mejor entonces que un año atrás, y con 105.4 puntos su credibilidad en que la tendría mejor un año después.
Con el país también era optimista aunque un poco menos generoso. Tomando la misma referencia, en enero de 2008 calificó con 99.5 puntos la economía de México entonces con respecto a la que recordaba que había 12 meses atrás, y con 99.7 puntos el porvenir nacional en un año.
En consecuencia, la población tenía hace 32 meses la certeza de que podía adquirir, de contado o a crédito, bienes duraderos como un televisor, una sala, un comedor o una estufa. En enero de 2008 calificó esta certeza en 108.6 puntos.
No tenía idea de lo que en Estados Unidos estaba sucediendo en las entrañas de las instituciones financieras, que alegremente se vendían deuda para cambiar sus estados financieros de números rojos a negros. Y algunos pocos informados acá en México, que veían nubarrones, definían el riesgo como “un catarrito” para México. ¿Se acuerda?
En octubre de 2008, justo cuando todos los estados financieros, las deudas y muchas empresas en México comenzaron a sonar sus alarmas y a registrar caídas, los consumidores mexicanos todavía no anticipaban lo que venía. A su economía doméstica actual la calificó con 93.0 puntos respecto de un año atrás, y con 90.0 la de su porvenir a un año; respectivamente, dio 79.7 puntos para la actual del país y 78.1 puntos a la que creía que tendría en un año. Donde la gente mostró temor fue en invertir en compras mayores, y le puso 69.1 puntos, casi 40 puntos menos que ocho meses atrás.
Las curvas de tendencia en los cinco factores observados en este estudio realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y el Banco de México con encuestas en las 32 entidades federativas del país de octubre de 2008 a agosto de 2010 muestran dramáticas caídas, sobre todo en la situación económica de los hogares, y particularmente en la disposición del consumidor a invertir en compras mayores. La industria, el comercio y los servicios en el país tienen su propia versión del pánico en el que cayeron los consumidores: llenaron bodegas e inventarios, paralizaron parcialmente sus actividades y hubo incluso algunos que tuvieron que cerrar.
Esta reacción de los sectores productivos retroalimentó el pesimismo de la población, que vio su poder adquisitivo disminuido, y en algunos casos su empleo vulnerado. En consecuencia, tuvo que concentrarse en proteger su consumo básico, y posponer compras grandes. Redujo sus visitas a restaurantes, disminuyó el volumen de sus despensas, evitó las salidas a espectáculos o al cine, y dejó para mejor oportunidad viajar con su familia.
Esta situación apenas comienza a levantar. La recuperación de la caída lleva una tendencia de mejora, pero a una velocidad pasmosamente lenta. Los temores no se han ido.
Si bien México se distingue por un mercado interno débil, hay que entender el momento actual. A los empresarios les corresponde comprender esta dinámica, porque tomar pasos en falso, invertir en lo que no debe, puede llevarlos a equivocar resultados y, en consecuencia, pérdida de utilidades. Los consumidores están lastimados, en sus bolsillos y en su confianza, y no va a ser fácil recuperarlos en ventas.
Invierta ahora en capacitación, diseño y sobre todo, en estrategia, no en extender su producción. No es tiempo todavía y le puede costar caro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario